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La Familia

Babel y Pentecostés

Bonifacio Fernandez, cmf - 

Vivimos en la sociedad de la información. Estamos “enredados” en múltiples redes sociales. Transmitimos muchos mensajes.

 

Recibimos muchos mensajes. Resulta sorprendente y patética la imagen de un grupo de personas sentadas alrededor de una mesa y cada uno comunicándose a distancia mediante el móvil. Vivimos inundados de información, tanta que es imposible de digerir mínimamente. Además se trata de informaciones parcializadas, interesadas; nos trasmiten visiones subjetivas de la realidad.

Alimentan así la subjetividad de cada persona en aspectos como el deporte, la política, la religión. Y nutren también el escepticismo con respecto a una visión objetiva de la realidad que nos circunda. Falta coraje y tiempo para buscar la verdad. El mundo de las opiniones compromete menos. Reconocer los propios intereses cuesta un esfuerzo. Distinguir los datos y las interpretaciones requiere humildad para reconocer los errores.

 

Oír sin escuchar

 

En este contexto resulta extraordinariamente difícil escuchar. Se parte de la base que todas las informaciones son interesadas y están contaminadas. Es un diálogo de sordos. Se repiten los monólogos de forma cansina. Esa experiencia la observamos cada día en las tertulias  radiofónicas y televisivas. Se habla atacando y acusando; se responde contraatacando, que es la mejor defensa. Babel no está en el pasado. La repetida experiencia de “coger el rábano por las hojas” es una buena actualización de la experiencia de la torre de Babel. Somos una sociedad que discute públicamente y grita en lugar de dialogar ¡Qué  impresión  de tristeza y cansancio!

 

Tener la razón, no la verdad

 

Y, sin embargo, el diálogo y la comunicación son acciones extraordinariamente humanas y humanizadoras. Comunicarse es vital. Una necesidad de las personas. Construye el encuentro. Lo profundiza. Perfila la identidad de cada uno en la relación. Especialmente en nuestra plural situación cultural en la cual las identidades son débiles y, por eso, estamos más necesitados de comunicación y contraste. Una sociedad que vive el encanto del pluralismo, tiene el desencanto de la fragilidad de las vinculaciones e instituciones sociales, matrimoniales. Tal vez por aquí va la explicación de porqué las nuevas generaciones parece que aprecian poco el diálogo; se les hace más cuesta arriba la comunicación de los sentimientos. Quizá tienen menos silencio y palabra interior.

 

Pentecostés representa el encuentro de lo diverso. Gracias al Espíritu la comunicación acontece a pesar de las distintas lenguas, culturas, sensibilidades e identidades. La comunicación es el gran “milagro de la vida”. Gracias a ella se actualiza el arte de vivir con pasión. Reaviva la fe en nosotros mismos. Y ya sabemos que creer es crear. Gracias a la comunicación personal la vida se torna vital y vitalizadora. El arte de vivir incluye el arte de dialogar.


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